Tu cuerpo está cambiando. Vas a ser madre

Durante el periodo que dura el embarazo humano, se producen el la mujer profundas adaptaciones físicas y psíquicas que repercuten en grandes cambios, no siempre visibles, tanto en la anatomía como en el funcionamiento de su cuerpo.

Pero esto no debe ser preocupante, igual de sorprendente es que, después del parto y del cese de la lactancia, la mujer regresa casi por completo a su estado previo al embarazo.

En este artículo queremos ir más allá de enumerar simples síntomas como el exceso de sueño, el apetito caprichoso o el, generalmente desagradable, aumento de la capacidad olfativa, que, aunque difíciles de llevar por la gestante, no son objeto de una disertación científica. Así mismo, tampoco nos vamos a adentrar en explicaciones profundas sobre cambios particulares de cada órgano o glándula endocrina, que no son fáciles de entender, pertenecen más a libros de texto y no aclaran nada a la embarazada, que es a quien va destinada esta información.

 

CAMBIOS FÍSICOS

Las causas más importantes por las que se producen estos cambios son tanto hormonales (están elevadas hormonas, producidas tanto por la madre como por el feto y la placenta, como son el cortisol, estrógenos, progesterona, gonadotrofina coriónica o lactógeno placentario), como mecánicas (el aumento del tamaño uterino produce unos cambios tan importantes que repercuten en el funcionamiento de muchos órganos). Si bien la mayoría de las veces se conoce cómo actúan estos factores en la producción de dichos cambios, en algunos de ellos todavía no se han acabado de comprender.

 

CARDIOCIRCULATORIOS

Durante el embarazo se produce un aumento del volumen sanguíneo. Entre otras explicaciones, esto se produce por la retención de sodio que tiene lugar en los riñones así como por la disminución del tono de los vasos que se produce por acción hormonal.

Los glóbulos rojos o eritrocitos sanguíneos también aumentan durante la gestación , pero en menor medida que el volumen sanguíneo, por lo que analíticamente aparece una aparente anemia, lo que se considera una anemia fisiológica. Por eso, la anemia en la gestante sólo debe considerarse importante por debajo de unos niveles concretos, y no debe ser a priori un motivo de preocupación.

La presión arterial, por esa disminución del tono vascular que ya hemos comentado, desciende durante la gestación, sobre todo durante el primer y segundo trimestre para ir ascendiendo hacia el final del embarazo hasta alcanzar un nivel semejante al previo al embarazo.

Todo esto repercute también en el pulso, cuya frecuencia va aumentando a lo largo del embarazo para normalizarse al final del mismo o durante el puerperio.

La presión venosa en pelvis y miembros inferiores está aumentada por la compresión mecánica ejercida por el volumen uterino, lo que hace que la gestante tenga una mayor tendencia tanto desarrollar varices, así como a, dada su mayor permeabilidad capilar, mayor riesgo de edemas (hinchazón) en estas zonas.

También está aumentado el volumen cardiaco, por lo que no es infrecuente la presencia de algún soplo a la auscultación, que no reviste mayor gravedad.

 

EN LA SANGRE

Añadida a la anemia fisiológica del embarazo, a lo largo del mismo, también aumentará el consumo de hierro, por lo que también se acabará desarrollando una anemia ferropénica, por falta de hierro, que hará necesario un suplemento de este mineral.

La cantidad de glóbulos blancos o leucocitos en sangre está aumentada durante el embarazo sin que se conozca exactamente la causa. Sin embargo, se ha visto que ciertas funciones de los mismos, así como de otras proteínas que tienen que ver con la inmunidad, están deprimidas o suprimidas, siendo esta una posible adaptación materna para no rechazar el embarazo que, al ser un individuo diferente a ella misma, funcionaría en su cuerpo como podría hacerlo un trasplante. Este hecho explicaría a su vez, al menos en parte, la mejoría que se observa durante el embarazo en algunas mujeres con enfermedades autoinmunes y el posible aumento de la susceptibilidad a ciertas infecciones.

En el embarazo también se modifican algunos de los factores que intervienen en la coagulación sanguínea, por lo que existe una hipercoagulabilidad, y una menor capacidad para destruir los trombos. A esto hay que añadir la ya comentada disminución del tono de los vasos sanguíneos con una consecuente circulación más lenta, especialmente en miembros inferiores, que se traduce en un mayor riesgo de trombosis. Es por esto, entre otros motivos, por lo que se recomienda a la gestante un ejercicio regular, y , en el caso de viajes o situaciones en las que tenga que permanecer mucho tiempo sentada o de pie, que haga pausas para moverse o caminar un poco.

 

A NIVEL RESPIRATORIO

 La embarazada tiene elevado el diafragma y ensanchadas las costillas. Su volumen respiratorio está aumentado, sobre todo a expensas de la capacidad inspiratoria. Estas pueden ser las causas de que tenga una mayor propensión tanto a infecciones respiratorias como a que estas se compliquen con más facilidad.

A pesar de que el volumen de oxígeno obtenido mediante el aumento del volumen de la ventilación pulmonar excede claramente la demanda de oxígeno impuesta por la gestación, la embarazada suele tener, ya desde fases precoces del embarazo sensación de falta de aire. El mecanismo por el que se produce esta paradójica y aparente dificultad respiratoria o disnea no es del todo comprendido.

 

APARATO DIGESTIVO

 Los cambios que tienen lugar a nivel digestivo son unos de los más evidentes.

El cambio fundamental es la disminución del tono de todo el tracto digestivo, debido sobre todo a la acción de la progesterona y/o a la disminución de la motilina , una proteína que estimula la musculatura del tubo digestivo. Esto repercute en digestiones lentas, estreñimiento, o las tan temidas nauseas. La acidez tan propia del embarazo se explicaría por el reflujo de secreciones gástricas hacia la parte inferior del esófago, ya que , además de la disminución de la motilidad digestiva ya comentada, está disminuido el tono del esfínter esofágico inferior, y el estómago, desplazado por el útero en crecimiento, está elevado y su presión interna es mayor.

También la vesícula biliar tiene menor tono y se encuentra distendida, con la bilis más espesa y un vaciado lento, lo que empeora aun más las digestiones y hace a la embarazada más propensa a cálculos biliares (piedras en la vesícula).

Las encías están tumefactas y sangran con facilidad, lo que favorece la aparición de gingivitis. Por ello, y aunque ya no está tan claro que la embarazada tenga también una mayor tendencia a las caries, durante el embarazo es especialmente importante la higiene bucal.

 

SISTEMA URINARIO

Los uréteres suelen estar dilatados y la circulación de la orina a través de ellos ser más lenta, lo que repercute en un mayor riesgo de infecciones urinarias. Esto se achaca sobre todo a factores hormonales, sobre todo a la acción de la progesterona, pero también al efecto mecánico que ejerce el gran tamaño del útero dificultando el vaciamiento ureteral.

 

EN LA PIEL

Uno de los cambios más llamativos es la hiperpigmentación de ciertas zonas cutáneas como la frente, nariz y mejillas en la cara, cloasma gravídico, o la línea alba. Esta pigmentación, que suele ser más intensa en mujeres morenas y se agrava con la exposición al sol, se cree que está producida por la elevación de la hormona hipofisaria estimulante de los melanocitos favorecida por la acción de la progesterona.

Igualmente típica es la aparición de estrías, que se atribuye tanto al aumento de la producción de corticoides que alteran el tejido elástico, como al factor mecánico de distensión. Se suelen distribuir sobre todo por abdomen, donde el factor mecánico es muy evidente, pero también por nalgas y muslos, donde se hacen más comprensibles los factores hormonales.

Aunque menos frecuentes, también pueden aparecer alteraciones vasculares cutáneas, como arañas vasculares, capilares rotos, y tumores vasculares benignos, producidos muy probablemente por la elevación de los estrógenos, y que, por desgracia, no siempre desaparecen por completo tras el parto. Algunas gestantes también presentan un eritema palmar, palmas de las manos rojas, cuya explicación sería la misma y carece totalmente de importancia.

La gestante tiende igualmente a tener la piel más caliente, y esto es debido a que los vasos sanguíneos cutáneos suelen estar más dilatados igualmente por acción de los estrógenos.

 

CAMBIOS METABÓLICOS

Dada la sobrecarga que la gestación supone para el organismo de la mujer, su metabolismo basal está aumentado, es decir, tiene un gasto energético mayor para mantener las funciones corporales.

El aumento de peso de la embarazada es muy variable, si bien la media está en unos 9-12 kg. Parte de ellos corresponden al feto, placenta , líquido amniótico y útero, y otra parte se distribuye entre volumen sanguíneo, edemas y tejido adiposo de la propia gestante. Esto explica en parte la gran variación interpersonal de aumento de peso, ya que, por ejemplo, algunas en efecto tienden a retener más líquido en los tejidos; pero también deja claro que, en muchas ocasiones, sencillamente se engorda de manera innecesaria.

Durante el embarazo existe una resistencia a la acción de la insulina, sustancia producida por el páncreas que hace que la glucosa entre en los tejidos para servir como fuente de energía. La explicación consiste en que la placenta realiza una función destructora de la insulina y que además segrega una sustancia que ejerce una acción contraria a la de la misma. Esto hace que la glucosa en sangre materna esté más fácilmente disponible para el feto, garantizándole de esta forma el aporte de lo que es casi en exclusiva su fuente de energía. El consumo de glucosa por el feto hace que los niveles basales de la misma en sangre materna en ayunas sea menor durante el embarazo, de ahí que la embarazada tienda a los tan cinematográficos mareos por hipoglucemia y necesite comer un mayor número de veces. Pero la resistencia existente a la acción de la insulina hace que la gestante, a pesar de generar más cantidad de insulina en respuesta a una sobrecarga de glucosa, no pueda metabolizar fácilmente el exceso de la misma, por lo que se dice que la gestación tiene un efecto diabetógeno.

También durante el embarazo están aumentados los lípidos (grasas como el colesterol y triglicéridos) y ácidos grasos en sangre materna. En este momento la madre utiliza estas grasas como fuente energética ahorrando hidratos de carbono, garantizando de nuevo con ello el aporte de glucosa al feto.

El crecimiento del feto, placenta, así como ciertos órganos maternos, sobre todo el útero, precisan una elevada síntesis de proteínas y aminoácidos (partes que componen las proteínas). La secreción de insulina, aumentada durante el embarazo por la resistencia que existe a la misma antes explicada, contribuye a una mayor síntesis de proteinas y a facilitar el paso de los aminoácidos dentro de las células. Es por ello, que salvo por el matiz de algunas proteínas concretas que no pasan la placenta, la concentración de las mismas, así como de aminoácidos, esté disminuida en sangre materna, siendo, al contrario, superior en sangre fetal.

El contenido de agua del organismo aumenta durante el embarazo. Este agua se distribuye por todo el cuerpo, pero se acumula más especialmente en plasma materno, feto, placenta, útero y mamas. La disminución de ciertas proteínas en sangre materna comentada antes, unida a una mayor permeabilidad capilar, hace que este agua tienda también a acumularse fuera de los tejidos, lo que se traduce en edemas. En el caso de los miembros inferiores se añade a lo anterior el aumento de la presión venosa también comentado previamente, lo que favorece la salida de agua de los vasos y con ello una facilidad aun mayor para los edemas.

También hay cambios en los niveles sanguíneos de algunos minerales; pero sólo comentaremos, por su trascendencia, lo que sucede con el calcio y con el hierro. Durante al gestación el organismo materno retiene una cantidad de calcio mayor que la que precisa el feto, lo que hace suponer que lo almacena posiblemente de cara a la lactancia. Sin embargo el calcio total en sangre está disminuido, lo que se explica porque la fracción que está unida a proteínas disminuye al disminuir estas en sangre materna, permaneciendo en niveles normales la cantidad de calcio libre o iónico. Todo esto hace dudar de si en realidad es necesario un suplemento de este mineral durante el embarazo. A diferencia del calcio, el consumo de hierro sí está aumentado durante la gestación, así como, por suerte, la capacidad de absorción intestinal del mismo. El hierro total en sangre disminuye por la misma razón que ocurría con el calcio. Pero en este caso está claro que sí es necesario un aporte extra del mismo para evitar o paliar la anemia ferropénica derivada de este déficit.

 

CAMBIOS PSÍQUICOS

Los cambios psíquicos que pueden surgir en la embarazada son mucho más variables entre unas y otras, y quizá objeto de otro artículo tan amplio o más que este.

A grandes rasgos, en un porcentaje no despreciable de gestantes, incluso teniendo un embrazo deseado, aparece miedo. Miedo a haber tomado la decisión correcta, un decisión que afecta ya al resto de su vida; miedo e incluso rechazo a los cambios físicos que va a experimentar su cuerpo; miedo a la adquisición de su nuevo rol como madre; miedo al posible cambio que todo ello puede provocar en su vida de pareja, su vida laboral e incluso en sí misma como persona; o miedos más básicos como el miedo al parto o los referentes a la salud fetal.

Todo esto, algo no siempre reconocido o bien interpretado, puede generar cierto grado de ansiedad, que combinada con esa sensación de falta de aire ya explicada que responde a causas físicas, puede hacer pensar que la gestante tiene algún tipo de patología cardiaca o pulmonar que en realidad no existe.

También puede aparecer insomnio, tanto como consecuencia de todo lo anterior o bien como problema único.

Existe prácticamente en todos los casos una cierta labilidad emocional, facilidad tanto para la alegría como para la tristeza e incluso el llanto, pasando de una a otra rápida e incompresiblemente, lo que parece que se debe a causas hormonales.

Nada de esto suele tener repercusiones graves, y se cree que forma parte de un proceso de adaptación natural y lógico de la mujer a la maternidad.

Cuando existe previamente un problema psíquico o psiquiátrico, la gestación puede tanto agravarlo como mejorarlo. En estos casos sería recomendable programar el embarazo, y siempre contar con la supervisión del psicólogo o psiquiatra que la conozca y trate habitualmente.

 

Dra. Montserrat Albarrán
Médico Especialista en Ginecología y Obstetricia
Nº. Col. 30/28/49454



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